El perro de flandes 2

La historia de un perro y un niño que despierta pasiones en muchos países asiáticos

 

Los españoles mayores de 50 años seguro que recuerdan que, a las archiconocidas series de dibujos animados japoneses (anime) Heidi y Marco, que arrasaron en la televisión de los 70, hay que sumar una tercera, no menos exitosa: El Perro de Flandes. Resulta curioso cómo las autoridades belgas han decidido erigir esculturas como la de Hoboken (para consumo de los turistas asiáticos) o la de la Plaza de la catedral de Amberes, con los personajes de esta historia, cubiertos por una manta de adoquines, obra de Batist Vermeulen. Hay que pensar que la locura de los japoneses, coreanos o filipinos por este relato deviene de la célebre serie anime y de su impacto en una generación, pero hay que pensar también que el mismo procede de la fuerza de una historia en la que la fidelidad y el amor de un perro hacia su amo se subliman hasta lo místico.

La novela original, A Dog of Flanders fue obra de Ouida, seudónimo de la autora inglesa Marie Louise de la Rameé, en 1872. En ella, Nello, el joven protagonista, huérfano, que vive con su abuelo, se encuentra con un perro maltratado y golpeado. Ambos lo recogen y junto a ellos, se recupera. Lo llamarán Patrasche y acabará convirtiéndose en el amigo inseparable del muchacho. En un ambiente de suma pobreza, Nello ayuda a su abuelo en el reparto de leche y Patrasche contribuirá también tirando del carro. Tras muchos azares y situaciones llenas de desesperación, de rechazo social por su condición de pobreza y analfabetismo, la muerte del abuelo precipita que Nello se quede sin ningún sitio al que ir. Finalmente, querrá ir a la catedral de Amberes para ver los cuadros de Rubens «La elevación de la Cruz» y «El descendimiento de Cristo», pero sólo podrá entrar la noche de Nochebuena, por una puerta abierta por un descuido. A la mañana siguiente, Nello y Patrasche serán encontrados muertos a causa del frío en el interior del templo.

Toda la ternura del relato se resume de un modo perfecto en la cama de adoquines de la escultura de Vermeulen, a la vez, monumento a la amistad entre humanos y perros.

Te lo contamos aquí, en La Cuarta Pata de la Cultura