Editorial: Lengua y maltrato

Es hora de luchar contra el maltrato animal desde el lenguaje.

 

Las lenguas son el precipitado de los avatares de los pueblos. En ellas, se recogen costumbres, hábitos, fobias, filias, acontecimientos históricos, esperanzas, miedos… Pues bien, en ellas también se recogen las huellas a través del tiempo del maltrato animal. La lengua española, en particular, ha sido y es especialmente cruel con los perros, lo que denota un pasado y un presente bastante desalentador en nuestra relación con ellos.

En español, lo sumo indeseable es “morir como un perro”, apaleado, linchado, tirado en la calle… quizás solo y abandonado… ¡Lo normal! Tal vez, tras haber llevado una “perra vida”, de dolor, desgracias, lamentos (quién sabe propinados por quién). Curiosamente, la mente pasiva-agresiva de nuestros antepasados llama “perro” (“Es un perro” o incluso un “perrazo”), a aquel que se comporta de manera egoísta, maligna, astuta, despiadada… es decir, que hace “perrerías”, que se supone que son todos los males, torturas y actos inhumanos que se infligen a los perros. Por el contrario, una “perra” es una mujer, en la que se mezcla todo el sutil catálogo de clichés dementes del poder patriarcal: prostituta, mujer que se arrastra por el macho o lasciva, o por el contrario, mujer con todos los atributos de la maldad… No hablemos ya de las connotaciones de “hijo de perra”… Recientemente, se registra una variación de esa obsesión sexual proyectada en las perras, a través de término “perreo”, que alude a un baile en el que (¡cómo no!) la mujer – rendida a los encantos del macho –  “imita” los movimientos del coito en la conocida como “postura del perro”.

La siniestra lista de desastres lingüísticos sigue incluso con asuntos más incidentales. Un día de frío y lluvia es, cómo no, un “día de perros”, cuando alguien se obceca con algo y se pone muy pesado “coge una perra”…

No es el español el único idioma que recoge estas horribles expresiones, pero, desde luego, en él, están muy extendidas. De igual modo que se lucha por un lenguaje inclusivo que no discrimine y que no contribuya a someter aún más a sectores de nuestra sociedad que padecen un maltrato atávico: mujeres, minorías étnicas, personas con discapacidad, etc., es URGENTE que empecemos a eliminar esa semántica de nuestra comunicación. Es hora de hacer de nuestra lengua también un baluarte frente al maltrato animal y todas y todos hemos de implicarnos en esto, porque cambiar el lenguaje es el primer paso para cambiar el mundo.

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