Casi siempre resulta más fácil denunciar los comportamientos aberrantes de otros, que reconocer los nuestros

 

Es obvio que noticias como las que nos han sacudido en los últimos tiempos, que nos informan de cómo en un país como Irán hay una guerra declarada contra los perros y los gatos, nos conmueven y nos perturban. Parece que un proyecto de ley del Parlamento iraní está planteando castigar a quienes tienen un gato o un perro en casa o a quienes lo paseen por la calle. Amparándose en una supuesta prevención higiénica, los ayatollahs se muestran decididos a poner coto al auge creciente del gusto por estos animales en el país y la consiguiente proliferación de clínicas veterinarias y tiendas de productos para ellos.

Es evidente, que – ante esas circunstancias – cualquiera se subleve y se pregunte si, tal vez, lo que necesitarían precisamente países como Irán serían más animales que ayudasen a entrar en razón a ciertos dirigentes obtusos. Sin embargo, en nuestro caso, la lectura es otra. ¿Estamos en condiciones de lanzar noticias de este tipo, que redundan tan sólo en el descrédito de países y culturas que – desde aquí – consideramos de un modo paternalista casi como atrasadas o salvajes, mientras en nuestro propio país hay un maltrato animal continuado y normalizado? ¿Estamos en condiciones de denunciar a Irán cuando no denunciamos – ni investigamos, ni perseguimos –, sin ir más lejos, el exterminio de los galgos, la tragedia de los perros de caza o la violencia constante contra los gatos? Pues, a duras penas. Da la sensación de que, a los medios de comunicación, más allá del sesgo colonialista – que les lleva a plantear que, fuera de nuestro ámbito occidental, todo lo demás es barbarie – los gatos y los perros les importan un bledo